Existe un gran número de habilidades sociales, pero suelen agruparse en dos grandes niveles: las básicas y las complejas o avanzadas. Es necesario dominar las primeras para poder desarrollar las segundas, y cada situación reclamará unas u otras según su dificultad.
Las habilidades básicas son las que se aprenden primero y resultan imprescindibles para crear y sostener una buena comunicación. Entre ellas: escuchar (que no es lo mismo que oír), iniciar, mantener y finalizar conversaciones, formular preguntas, dar las gracias, presentarse y presentar a otras personas, hacer y aceptar cumplidos, hacer y rechazar peticiones u ofertas, y expresar un desagrado justificado aceptando a su vez las críticas ajenas.
Las habilidades complejas se construyen sobre las anteriores y permiten desenvolverse con soltura en entornos más exigentes: la empatía y la inteligencia emocional, la asertividad, la capacidad de definir problemas, negociar y evaluar soluciones, pedir ayuda, convencer a los demás mediante la argumentación (que no es manipular) o saber disculparse y admitir la propia ignorancia.
Cabe distinguir asimismo otras agrupaciones, como las habilidades vinculadas a los sentimientos (reconocer los propios, comprender los de los demás, afrontar el enfado ajeno), las de negociación (pedir permiso, compartir, defender los derechos propios, evitar conflictos) y las de planificación (tomar decisiones, fijar objetivos, recoger información, resolver los problemas según su prioridad).
Como referencia, la Organización Mundial de la Salud señala como habilidades para la vida la toma de decisiones, la resolución de problemas, el pensamiento creativo y crítico, la comunicación eficaz, las relaciones interpersonales, el autoconocimiento, la empatía y el manejo de emociones y del estrés.