Entre los peligros que afronta el bombero están la falta de oxígeno, las atmósferas nocivas y la inhalación de aire muy caliente.
Reducción de oxígeno. El aire contiene en torno al 21 % (20,93 %) de oxígeno. Cuando ese porcentaje baja, porque otros gases lo desplazan o la combustión lo consume, aparecen efectos graves que pueden llegar a la muerte. El esfuerzo físico eleva la demanda de oxígeno, de modo que los síntomas pueden adelantarse o agravarse aunque la proporción sea mayor.
Temperaturas elevadas. Un exceso de calor que llegue de golpe a los pulmones puede provocar una caída brusca de la tensión arterial, colapso de vasos sanguíneos y fallo circulatorio, así como acumulación de líquido en los pulmones.
Atmósferas nocivas. En los humos de incendio predominan el CO (monóxido), el CO2 (dióxido) y el vapor de agua; además, según el combustible, otras sustancias como sulfuro de hidrógeno, ácido cianhídrico, ácido clorhídrico, óxidos de nitrógeno, fosgeno o acroleína. La toxicidad depende del binomio concentración–tiempo de exposición. Los gases presentes varían según cuatro factores: naturaleza y temperatura del combustible, temperatura de los gases y concentración de oxígeno.
Clasificación (UNE-EN 133):
1. Equipos dependientes del medio (de filtro). Interponen un filtro entre el aire contaminado y los pulmones: de partículas (físicos), de gases y vapores (químicos) o combinados. Sus limitaciones son grandes: solo aportan el oxígeno que haya en el ambiente, exigen contaminantes conocidos y en concentraciones bajas (por debajo del VLA-ED) y cada filtro retiene solo ciertas sustancias. Por eso no son útiles en los servicios de bomberos. La duración del filtro depende del nivel y tipo de contaminante, de la capacidad del filtro y del volumen respiratorio del usuario.
2. Equipos independientes del medio. Aportan aire respirable con independencia del ambiente, por lo que sirven en atmósferas tóxicas o pobres en oxígeno:
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Semiautónomos (aire fresco por manguera): funcionan a demanda, a caudal continuo o a demanda de presión. Sus elementos: máscara, regulador, cinturón, una pequeña botella propia (2 o 3 litros), válvula de desenganche rápido (zafaje), carrete con 20 o 30 m de latiguillo y, como fuente, botellones de 200–300 atm o un compresor. Su radio de acción lo limita la longitud del tubo, del que no se puede prescindir; son poco habituales en bomberos (sí en industria, minas, túneles o pozos).
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Autónomos de circuito cerrado (regeneradores): el aire exhalado se regenera con un cartucho, ya sea de regeneración química (peróxido potásico) o de adición de oxígeno (cal sodada que absorbe el CO2 más una pequeña botella de O2). Pesan menos y algunos modelos alcanzan 3 o 4 horas de autonomía, pero el aire se calienta (hasta unos 50 °C) y se reseca, son caros y exigen entrenamiento continuo. Se usan en túneles, grandes almacenes y edificios de gran altura.
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Autónomos de circuito abierto (ERA): los más empleados por bomberos (ver artículos siguientes).