En la práctica conviven dos dimensiones complementarias del control de accesos que conviene diferenciar con claridad.
El control de accesos físico regula la entrada y circulación de personas, vehículos y mercancías por los espacios materiales de un edificio o recinto: puertas, plantas, perímetros, dependencias y zonas restringidas. Se apoya en medios humanos (personal encargado del filtro), medios físicos de canalización (muros, barandillas, cordones) y dispositivos electromecánicos (tornos, barreras, cerraduras automatizadas). Su finalidad es impedir el paso a quien carece de autorización y dejar constancia de los movimientos.
El control de accesos lógico, por su parte, protege el acceso a los recursos de información: sistemas informáticos, aplicaciones, redes y bases de datos. Se gestiona mediante credenciales digitales (usuario y contraseña), certificados, tokens o factores biométricos, y su objetivo es garantizar que solo las personas autorizadas consulten o manipulen los datos.
Ambos planos suelen integrarse: una misma tarjeta puede abrir una puerta y, a la vez, habilitar la sesión en un equipo. Para el personal subalterno, la responsabilidad directa recae sobre el control físico, si bien debe respetar y no comprometer las medidas lógicas (por ejemplo, no facilitar credenciales ajenas ni permitir el uso de terminales por personas no autorizadas).