El juego es una actividad natural y universal, presente en todas las culturas y edades, que el ser humano realiza por el placer que le produce. El historiador Johan Huizinga, en Homo ludens (1938), lo describió como una acción libre, que se desarrolla dentro de unos límites de tiempo y espacio, según reglas libremente aceptadas, acompañada de un sentimiento de tensión y alegría y de la conciencia de ser algo distinto de la vida corriente.
Sus características principales son:
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Es libre y voluntario: el juego impuesto deja de ser juego.
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Es placentero: produce satisfacción y diversión.
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Tiene un fin en sí mismo (es autotélico): se juega por jugar, no para conseguir otra cosa.
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Implica actividad física o mental.
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Tiene un carácter de ficción: crea un mundo aparte, el «como si».
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Tiene orden: un marco de tiempo, espacio y reglas.
El juego cumple funciones en todas las dimensiones del desarrollo:
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Motora: desarrolla la coordinación, el equilibrio, la fuerza y la motricidad fina y gruesa.
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Cognitiva: favorece la atención, la memoria, el razonamiento, la imaginación, la creatividad y el lenguaje.
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Social: enseña a relacionarse, a cooperar, a respetar normas y turnos y a resolver conflictos.
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Afectiva y emocional: permite expresar y elaborar emociones, superar miedos y tensiones y reforzar la autoestima.
El sociólogo Roger Caillois clasificó los juegos en cuatro categorías: el agon (juegos de competición), el alea (juegos de azar), la mimicry (juegos de simulacro o de imitación de roles) y el ilinx (juegos de vértigo).
Desde el punto de vista de la relación entre jugadores se distinguen los juegos competitivos, en los que unos ganan y otros pierden, y los juegos cooperativos, en los que todos los participantes colaboran para alcanzar un objetivo común y nadie queda eliminado. Los juegos cooperativos son especialmente útiles en la intervención social porque favorecen la inclusión, la cohesión del grupo y la autoestima de los participantes con menos habilidades.