Cualquier operación de extinción busca un doble objetivo: ser eficaz y hacerlo con la máxima seguridad para quienes intervienen y para las posibles víctimas. Sea cual sea el tipo de incendio, el trabajo se ordena según unas prioridades:
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Evaluación: reunir datos (hora, lugar y naturaleza del siniestro, personas que puede haber dentro, carga de fuego, humos, estado de la estructura, accesos, puntos de agua, meteorología), prever cómo puede evolucionar y decidir. Hay una decisión inicial para las primeras acciones y decisiones posteriores que salen de una evaluación continua.
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Rescate: salvar personas es siempre la primera prioridad.
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Control del incendio y de su propagación: confinar el fuego donde se ha originado.
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Extinción y enfriamiento final, removiendo los restos cuando haga falta.
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Ventilación: retirada planificada del calor, el humo y los gases.
Ofensivo o defensivo. El método ofensivo ataca el fuego con agente extintor hasta apagarlo, a menudo desde dentro. El defensivo deja las operaciones en el exterior y protege lo que todavía no arde, aunque ello suponga dar por perdido lo ya afectado. Se opta por él cuando la estructura o el fuego impiden entrar con seguridad, cuando faltan recursos o cuando el análisis riesgo-beneficio muestra que el peligro supera a lo que puede salvarse.
El agua. Es el agente más usado porque se dispone de ella en el caudal y la presión deseados y porque actúa sobre tres de los cuatro elementos del tetraedro del fuego:
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Temperatura: enfría por contacto y absorbe mucho calor al evaporarse.
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Combustible: el vapor diluye los gases inflamables y desplaza parte de los gases del incendio; al bajar la temperatura, se reduce la pirólisis.
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Comburente: el vapor dificulta que llegue oxígeno. Un litro de agua a 100 °C da unos 1.700 litros de vapor, y el volumen sigue creciendo si el vapor se calienta más.
Datos físicos útiles: calor específico 1 cal/g·°C (4,186 kJ/kg·°C); calor latente de vaporización 540 cal/g (2.254,8 kJ/kg) a presión atmosférica; calor de fusión del hielo 80 cal/g; densidad 1 kg/l, que permite proyectarla a gran distancia.
Solo la superficie de cada gota absorbe calor. Una gota grande atraviesa los gases sin evaporarse y termina en paredes o suelo; una gota pequeña se vaporiza en su recorrido y enfría mucho más. El tamaño ideal se sitúa entre 0,3 y 1 mm. El agua se aplica en chorro sólido o pulverizada, buscando el equilibrio entre usar poca agua (poco vapor) y la suficiente para extinguir: un exceso en un recinto mal ventilado hace bajar el plano neutro, quita visibilidad y expone a los bomberos al vapor.
Precauciones. Reaccionan peligrosamente con el agua, entre otros, los metales alcalinos (litio, sodio, potasio: liberan hidrógeno con reacción muy exotérmica), los alcalinotérreos (magnesio, calcio), los peróxidos inorgánicos, los hidróxidos (proyecciones corrosivas al diluirse), los cianuros (pueden liberar ácido cianhídrico), los derivados nitrados de metales alcalinos, los alquilaluminios, sulfuros, carburos, fosfuros, nitruros, hidruros, el ácido sulfúrico y los halógenos como el flúor. El agua es adecuada en fuegos de clase A; en la clase B no es aconsejable salvo con líquidos más densos que ella; pulverizada controla fuegos B y C pero no los apaga; y, por ser conductora, no se usa con tensión eléctrica.