Para comprender la prisión como organización social es necesario distinguir tres tipos de organización. La organización social surge cuando un número de personas se juntan de forma estable y sus formas de actuar, pensar e interactuar asumen reglamentaciones distintivas (por ejemplo, familias o grupos de trabajo). Es una estructura de coordinación que emerge de forma espontánea o implícita de las interacciones de las personas, sin implicar una coordinación racional para la consecución de objetivos comunes explícitos. La organización formal es aquella en la que se convierte una organización social cuando, según Peter Blau y W. Scott, sus miembros fijan objetivos explícitos, están formalmente de acuerdo en cuanto a ciertas estructuras de coordinación y establecen una jerarquía adecuada para una coordinación eficaz; además, tienden a asumir una identidad propia independiente de sus fundadores. La organización informal se refiere a estructuras que surgen dentro de una organización formal pero que no han sido explicitadas; en su seno se desarrollan prácticas, valores, normas y relaciones sociales propias. El cdigo del recluso, la jerga y la subcultura carcelaria pertenecen a la organización informal de la prisión. Erving Goffman (1961) define la institución total como un lugar de residencia y trabajo donde un gran número de individuos en igual situación, aislados de la sociedad por un periodo apreciable de tiempo, comparten en su encierro una rutina diaria administrada formalmente. Pone como ejemplos las cárceles y los hospitales psiquiátricos. Las características de la prisión como institución total según Goffman son: sometimiento a una sola autoridad, separación del entorno habitual, dependencia en todos los aspectos de la vida del recluso y ejercicio de la autoridad sobre aspectos de la cotidianidad que serían triviales fuera de la prisión. Las consecuencias más importantes de la prisión como institución total son: la falsa actitud de adaptación, la situación de dependencia que dificulta la asunción de responsabilidades (favoreciendo el aprendizaje de conductas desadaptadas) y la pérdida de contacto con el mundo exterior. Goffman también describe procesos de adaptación de los internos al sistema de la institución. Entre ellos destaca la colonización, que se produce cuando el interno hace de la institución su mundo, procurando vivir lo mejor posible dentro de las posibilidades de la misma y obteniendo el mayor número de gratificaciones inmediatas existentes. Otro proceso es la regresión situacional. Bottoms (1999) identifica 6 elementos que caracterizan a la prisión como organización social: es una institución total; es un lugar de castigo; tiene una organización interna especial de espacio y tiempo; tiene una centralidad de la rutina diaria; da lugar a relaciones complejas entre personal y personas presas; y tiene su propia historia (con tendencia a reproducirla).
Tema 2: Organización social de la prisión
Actualizado a 26 de junio de 2026. Regístrate para recibir actualizaciones cuando la legislación cambie.
Conducta humana
Conducta humana (Psicología y sociología penitenciaria) (2024)
Prisionización y socialización: Clemmer, Wheeler y Manzanos Bilbao
El término prisionización fue introducido por Clemmer (1940), quien fue el primero en referirse a este efecto. A partir de investigaciones realizadas mayoritariamente en prisiones norteamericanas, la prisionización ha sido concebida en términos de la asimilación por parte de los internos de hábitos, usos, costumbres y cultura de la prisión, así como una disminución general del repertorio de conducta de los mismos por efecto de su estancia prolongada en el centro penitenciario (Clemmer, 1940; Pinatel, 1969; Goffman, 1979). Estos efectos tienen lugar tanto durante el período del encarcelamiento como en la posterior vida en libertad. Algunos investigadores, entre ellos Clemmer (1940), han argumentado la existencia de una relación lineal y ascendente entre la duración del internamiento carcelario y el proceso de prisionización. Stanton Wheeler estudió el proceso de adaptación al sistema total carcelario y concluyó que puede establecerse una curva en forma de U que representa el nivel de adaptación dentro de unas coordenadas formadas por el tiempo de duración de la condena y la adaptación a las normas de la comunidad carcelaria. Al principio y al final de la reclusión (los dos cuernos de la U), la persona se encuentra en la peor predisposición para aceptar el modo de vida del establecimiento penitenciario, mientras que en la mitad del tiempo de detención alcanza la cota más alta de adaptación a dichas normas. Así, el interno presenta mayor adherencia al código carcelario en la fase intermedia de su condena y menor adhesión al ingreso y a la salida de prisión. Clemmer y Wheeler entienden que NO es posible establecer con rigor una relación entre prisionización y reincidencia. Según Muñoz Conde, la prisionización tiene efectos negativos para la resocialización difícilmente evitables con el tratamiento. Manzanos Bilbao distingue hasta 5 etapas como consecuencia de la prisionización: (1) Ruptura con el mundo exterior, que conlleva una separación física y privación de estímulos físicos, visuales, auditivos y olfativos; (2) Desadaptación social y desidentificación personal, en la que la persona presa experimenta una verdadera mutilación del yo; (3) Adaptación al medio carcelario como mecanismo de defensa para adaptarse al nuevo contexto físico y relacional; (4) Desvinculación familiar, por las dificultades de contacto e interpersonales (lejanía, traslados frecuentes, aislamiento geográfico); y (5) Desarraigo social, que implica pérdida de posibilidades de empleo por el estigma de la condición de ex presidiario y la descualificación del período de internamiento. Además, es frecuente la aparición de trastornos psicológicos como insomnio, sentimientos de ser perseguido y gran inseguridad.
Subculturas carcelarias, código del recluso y jerga penitenciaria
Las subculturas son habituales en las organizaciones formales. Dentro de ellas, distintos grupos de individuos pueden tener, según Ruiz Olabuénaga, una visión diferente del mundo y de la naturaleza de la organización, obedecer normas de conducta diferentes con impacto real en el funcionamiento diario, y mantener lealtades distintas. Albert Cohen, en su obra Delinquent boys: the culture of the gang, define el término subcultura como una cultura en relación con otra matriz y con un sistema social más grande en el que se enclava. Establece la hipótesis de que las subculturas delictivas son el resultado de un conflicto de culturas de clases (obrera frente a media): los individuos de la clase obrera se socializan en instituciones con valores de clase media, se frustran inevitablemente al no poder competir con ellos, y esta frustración es el móvil para que los jóvenes reaccionen colectivamente contra las normas y valores de la clase media. Esta hipótesis ha sido fuertemente rebatida. La forma de construcción y de vida en prisión crea una subcultura (sistema compartido de creencias) propia del contexto carcelario. Hilde Kaufmann distingue dos clases de subcultura: la subcultura de los internos (practicada por ellos) y la subcultura de la prisión (propia de los establecimientos penales en sí). Según Caballero (1986), los factores que favorecen que el interno se identifique con la cultura carcelaria son: poseer una previa carrera criminal, carecer de vínculos sociales en el exterior, tener una estancia prolongada en prisión y las características del establecimiento (gran tamaño, hacinamiento). La subcultura carcelaria tiene reflejo en su propia normatividad: el código del recluso. Según Gressam Sykes y Sheldon Messinger (obra El código social del preso), se distinguen 5 tipos de normas: (1) normas que imponen cautela; (2) normas que prescriben no ser conflictivo; (3) normas que prohíben la explotación de otros presos; (4) normas que giran en torno al mantenimiento del yo (ser fuerte, no mostrar debilidad); y (5) normas que prescriben desconfianza y hostilidad frente a los funcionarios. El control social informal en el ámbito penitenciario es ejercido por el código del recluso; es más impreciso que el control formal y existe mayor desproporcionalidad entre el castigo y la infracción. Durante el internamiento los internos adquieren nuevos términos y formas de comunicación propios de la cárcel. Según Valverde, J., una de las consecuencias del internamiento es la producción de una anormalización del lenguaje. Las características del lenguaje penitenciario son: entonación peculiar, gesticulación diferente y términos exclusivos del medio penitenciario (jerga). En cuanto a las construcciones gramaticales: frases cortas y poco elaboradas, lenguaje rígido. En cuanto al lenguaje: carácter exclusivamente informativo y pobreza en expresiones personales. Las consecuencias en libertad de esta anormalización incluyen dificultad en el diálogo terapéutico, dificultad para reflexionar y establecer vinculaciones en el pensamiento, y pobreza lingüística. El lunfardo es una jerga que surgió entre personas de clase baja en Buenos Aires y alrededores a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Fue originalmente considerada una jerga delincuencial que con el paso de los años se incorporó al habla coloquial de Argentina y Uruguay, llegando finalmente a todos los estratos sociales.
Efectos de la prisionización: consecuencias psicológicas y físicas
La prisionización produce efectos tanto durante el período de encarcelamiento como en la posterior vida en libertad. Los efectos psicológicos de la reclusión incluyen: la ansiedad (desde el mismo momento del ingreso el nivel de ansiedad se incrementa significativamente, provocando elevada tensión emocional); la despersonalización (pérdida de la propia individualidad como consecuencia de las agresiones ambientales); la pérdida de la intimidad (la convivencia forzada con el colectivo carcelario es hoy por hoy el más grave de los efectos inherentes a la situación de prisión); la baja autoestima; la falta de control sobre la propia vida; la ausencia de expectativas; y alteraciones en la sexualidad. Los efectos psicológicos que se han descrito como consecuencia de la prisionización, según Clemmer, son: aumento del grado de dependencia (la mayoría de decisiones les son impuestas, produciéndose un desplazamiento del locus de control hacia el polo externalista, atribuyendo la causalidad de su comportamiento a factores externos); despersonalización; devaluación de la propia imagen y disminución de la autoestima; aumento de los niveles de dogmatismo y autoritarismo (mayor adhesión a valores carcelarios); y estados de ansiedad generalizada. Mapelli describió los efectos de la prisionización señalando que quien sufre la sintomatología del aislamiento padece desde problemas sensoriales a problemas psicosociales. Algunos problemas sensoriales: pérdida de visión (conocida como ceguera de prisión, por los problemas de iluminación y la falta de horizonte y perspectiva abiertos) y agarrotamiento muscular. Algunos problemas psicosociales: labilidad afectiva con cambios bruscos e injustificados, agresividad o sumisión, ansiedad, y pérdida de la vinculación con el exterior y del interés. A los pocos meses de ingresar en prisión se experimenta lo que se denomina ceguera de prisión, provocada por la permanente ruptura del espacio, la existencia de continuos impedimentos que impiden la visión a distancia (en el mejor de los casos no permiten ver más allá de unos centenares de metros). Según Muñoz Conde, la prisionización tiene efectos negativos para la resocialización difícilmente evitables con el tratamiento. Clemmer y Wheeler entienden que NO es posible establecer con rigor una relación entre prisionización y reincidencia.
Hacinamiento: concepto, densidad y modelos teóricos explicativos
El término hacinamiento puede confundirse con el término densidad, pero son conceptos distintos. El hacinamiento es entendido como el estado íntimo del individuo o el estado psicológico del sujeto que demanda más espacio del disponible. La densidad es una medida física referida al número de personas por unidad de espacio disponible. Dentro de la densidad se distingue entre: densidad espacial (recalca lo material, el número de personas por unidad de superficie) y densidad social (recalca lo social, el número de personas, suponiendo que a mayor cantidad de gente mayores posibilidades de interacción). Tomando como base la definición de hacinamiento de Stokols (estado experiencial en el que el individuo percibe una restricción espacial y experimenta estrés psicológico y/o fisiológico), Lupicinio Iñiguez Rueda define el hacinamiento como el conjunto de efectos psicológicos producidos por una evaluación de una restricción espacial de tipo particular. Esta definición incluye el aspecto del hacinamiento como estado interno del sujeto y los efectos tanto negativos como positivos de dicho estado. Entre los efectos del hacinamiento señalados por diversos autores se citan: estrés, tensión, disminución del rendimiento en la ejecución de tareas, disminución de la conducta social y de las conductas altruistas, afectación a la toma de decisiones, efectos sobre la personalidad, alteraciones en la atracción interpersonal y en las relaciones afectivas, agresividad, déficits en el aprendizaje, problemas en la salud mental y física, e indefensión. Los modelos teórico-explicativos del hacinamiento son: (1) Los modelos de control del individuo sobre el entorno, que hacen hincapié en el papel que el control sobre el entorno desempeña en la producción del hacinamiento; incluyen el modelo de interferencia social, el modelo de sobrecarga de estímulos, el modelo de privacidad de Altman, el modelo de interferencia, el modelo de control personal, el modelo de equilibrio de Stokols y el modelo de control-atribución. (2) El enfoque de la Psicología Ecológica, que relaciona el personal y el marco conductual: si el personal es escaso (undermanning) las personas tendrán que involucrarse más y asumir más tareas; si hay saturación (overmanned) las personas tenderán a desentenderse e incluso a retirarse físicamente. (3) El modelo de Densidad/Intensidad de Freedman, para quien hacinamiento y alta densidad son equivalentes y se refieren a una medida física (no psicológica), entendiendo que la alta densidad tiene efectos nulos en los seres humanos por ser animales gregarios. El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) señala que el hacinamiento es un problema creciente; como consecuencia, las personas se ven obligadas a vivir en condiciones por debajo de los estándares recomendables, erosiona la dignidad humana, menoscaba la salud física y mental, dificulta las posibilidades de reintegración, y genera tensiones y conflictos entre internos y personal penitenciario.
Control social en prisión: control formal e informal
La Administración Penitenciaria es un agente formal de control social. El control social es definido por la RAE como el control de la sociedad frente a conductas desviadas e indeseadas, siendo el derecho penal un medio de control social. Luis Rodríguez Manzanera indica que el control social puede entenderse como el conjunto de instrumentos (generalmente normativos), instituciones y acciones encaminadas al cumplimiento de los fines y valores propuestos por el sistema imperante. Existen dos clases de control social. El control informal trata de condicionar a cada miembro del grupo, desde su infancia, a las normas sociales; lo realizan las instancias informales de control: la familia, la escuela, el trabajo y los medios de comunicación. El control formal se define como el control ejercido por el Estado, constituido por instancias y acciones públicas específicamente dispuestas para definir, individualizar, detectar, manejar y/o suprimir las conductas prohibidas (Luis Gabaldón, 1987). Este control entra en juego cuando fracasa el control informal y lo ejercen, a través de medios coercitivos y sanciones sociales: la Policía, la Justicia y la Administración Penitenciaria (agente de control destinado a la ejecución de las penas privativas de libertad como medida de reinserción y última instancia de los órganos de control de la Administración de Justicia). La organización formal de la prisión establece las relaciones sociales, principios y valores que marcan la convivencia y el clima institucional; las medidas de control están recogidas en leyes y estatutos, apoyadas por medios coercitivos. La organización informal (psicológica y social) surge a partir de las interacciones de la organización formal, de manera espontánea, es independiente de la voluntad de los directivos, puede contribuir a los objetivos de la organización o dificultarlos; se da entre personas con afinidad o valores compartidos. El control social informal penitenciario es ejercido por el código del recluso; es más impreciso que el formal y existe mayor desproporcionalidad entre castigo e infracción. Por lo que respecta al mantenimiento del orden dentro de prisión, existen varios puntos de vista: el orden se mantiene a través de la coacción, el miedo y la violencia; o bien el orden es el resultado de la fuerza y coerción ejercida por el Estado a través de la institución. Pese al carácter de las prisiones como instituciones de dominación, destaca el papel de la legitimidad del personal para utilizar su poder y autoridad. Las técnicas para conseguir y mantener dicha legitimidad son: uso de mecanismos de seguridad rutinarios, altos niveles de control situacional (reforzado por recompensas y sanciones formales e informales), percepción de un trato justo por parte del personal, y percepción de un régimen penitenciario y un régimen disciplinario justos.