La convivencia es la acción de vivir en compañía de otras personas, compartiendo espacios y normas, en un clima de respeto mutuo. La convivencia no es la ausencia de conflictos, sino la capacidad de un grupo para afrontarlos de forma constructiva.
En todo conflicto pueden analizarse tres elementos: las personas implicadas (sus emociones, percepciones e intereses), el proceso (cómo ha surgido y cómo ha evolucionado el conflicto y cómo se comunican las partes) y el problema (las necesidades e intereses enfrentados y las diferencias concretas que lo originan).
Ante un conflicto, las personas adoptan distintos estilos de afrontamiento, según den más o menos importancia a sus propios objetivos y a la relación con la otra parte:
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Competición: se persiguen los propios objetivos sin importar los del otro (yo gano, tú pierdes).
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Acomodación: se renuncia a los propios objetivos para mantener la relación (yo pierdo, tú ganas).
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Evitación: se elude el conflicto, sin atender ni a los objetivos propios ni a la relación (perdemos los dos).
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Compromiso o negociación: cada parte cede una parte de lo que quería para llegar a un acuerdo intermedio.
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Colaboración o cooperación: se busca una solución que satisfaga plenamente los objetivos de ambas partes (ganamos los dos). Es el estilo que persigue la educación para la paz.
En la gestión de la convivencia de un centro o servicio pueden distinguirse tres modelos: el punitivo, que aplica sanciones ante el incumplimiento de las normas; el relacional, que se centra en el diálogo y la reparación entre las partes; y el integrado, que combina la existencia de normas claras con el diálogo, la mediación y la reparación.
Fuente: elaboración propia.