La expresión plástica es la forma de expresión y comunicación que utiliza materiales y técnicas para crear imágenes y objetos: dibujar, pintar, modelar, recortar, pegar, construir. A través de ella la persona expresa sus sentimientos, ideas y vivencias, desarrolla la creatividad, la motricidad fina y la coordinación visomotora, explora materiales y percepciones sensoriales y refuerza su autoestima al ver el resultado de su trabajo.
El dibujo infantil evoluciona con la edad. Viktor Lowenfeld y W. Lambert Brittain describieron estas etapas:
-
Etapa del garabateo (de 2 a 4 años): pasa del garabato desordenado al garabato controlado y, finalmente, al garabato con nombre, cuando el niño pone nombre a lo que ha dibujado.
-
Etapa preesquemática (de 4 a 7 años): aparecen las primeras representaciones reconocibles, como la figura humana en forma de «renacuajo» (una cabeza de la que salen las piernas); los objetos flotan en el papel, sin una línea de base.
-
Etapa esquemática (de 7 a 9 años): el niño crea esquemas fijos para representar las cosas y aparece la línea de base sobre la que se apoyan los objetos.
-
Etapa del realismo o de la pandilla (de 9 a 12 años): mayor detalle y deseo de representar la realidad.
-
Etapa pseudonaturalista (de 12 a 14 años): aparece el sentido crítico sobre la propia obra.
Otro autor clásico, Georges-Henri Luquet, distinguió en el dibujo infantil el realismo fortuito, el fallido, el intelectual (el niño dibuja lo que sabe de las cosas, no lo que ve: por ejemplo, una casa con el interior visible) y el visual (dibuja lo que ve desde su punto de vista).
Las técnicas plásticas más habituales son el dibujo (lápices, ceras, rotuladores), la pintura (témperas, acuarelas, dactilopintura o pintura con los dedos), el modelado (arcilla, plastilina, pasta de papel), el collage (composición pegando materiales diversos), la estampación (impresión de formas con sellos, hojas, esponjas o las propias manos) y las técnicas de recortado, rasgado y plegado.
El educador debe ofrecer materiales variados, seguros y adaptados a la edad; valorar el proceso más que el resultado; respetar la creatividad sin corregir el dibujo ni imponer modelos estereotipados (como las fichas para colorear dentro de la línea); evitar las comparaciones; y aprovechar la producción como fuente de información sobre el desarrollo y el mundo emocional de la persona, sin hacer interpretaciones que corresponden a otros profesionales.