La autonomía personal es la capacidad de la persona para tomar sus propias decisiones y para desenvolverse en su vida diaria con la menor ayuda posible. La Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia, la define en su artículo 2 como «la capacidad de controlar, afrontar y tomar, por propia iniciativa, decisiones personales acerca de cómo vivir de acuerdo con las normas y preferencias propias así como de desarrollar las actividades de la vida diaria».
La misma ley, en la redacción dada por la Ley 4/2026, de 1 de octubre, en vigor desde el 23 de octubre de 2026, define las actividades de la vida diaria (AVD) como «las tareas de la persona que le permiten desenvolverse con autonomía e independencia, tales como: reconocer personas y objetos; orientarse; entender y ejecutar órdenes o tareas sencillas; el cuidado personal; las actividades domésticas; la movilidad dentro y fuera del hogar; la comunicación, las interacciones y las relaciones interpersonales; la gestión y el cuidado de la salud, o la gestión de la economía doméstica, así como las tareas necesarias para el ejercicio de todos sus derechos». Hasta esa reforma, la ley hablaba de actividades básicas de la vida diaria (ABVD), definidas como las tareas más elementales de la persona que le permiten desenvolverse con un mínimo de autonomía e independencia.
En la práctica profesional se siguen distinguiendo dos niveles:
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Actividades básicas de la vida diaria: las de autocuidado y supervivencia, como comer, asearse, vestirse, controlar los esfínteres, usar el retrete, trasladarse y desplazarse dentro del hogar. Una de las escalas más usadas para valorarlas es el índice de Barthel.
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Actividades instrumentales de la vida diaria: más complejas, permiten vivir de forma independiente en la comunidad, como usar el teléfono, hacer la compra, preparar la comida, cuidar la casa, lavar la ropa, usar los medios de transporte, responsabilizarse de la propia medicación y manejar el dinero. Se valoran, por ejemplo, con la escala de Lawton y Brody.
La misma ley define la vida independiente como el derecho que garantiza que las personas con discapacidad decidan cómo, dónde y con quién vivir, en igualdad de condiciones con las demás personas, contando con los apoyos necesarios.
Los programas de habilidades de autonomía personal tienen como finalidad que la persona adquiera, mantenga o recupere el mayor grado posible de independencia. El principio que los guía es no hacer por la persona lo que ella puede hacer por sí misma, aunque tarde más o lo haga con menos perfección: la sobreprotección genera dependencia.