El Museo Nacional de Artes Decorativas de Madrid es uno de los museos estatales más antiguos de España. Fue creado por Real Decreto de 30 de diciembre de 1912, durante el reinado de Alfonso XIII, por iniciativa del entonces ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, Santiago Alba Bonifaz. En su origen recibió el nombre de Museo Nacional de Artes Industriales, denominación que conservó hasta 1927, año en que adoptó su nombre actual de Museo Nacional de Artes Decorativas. Su primera instalación tuvo lugar en 1913 en la calle Sacramento, en el Madrid de los Austrias, donde apenas ocupaba seis salas.
En 1932 el museo se trasladó a su sede actual, situada en la calle Montalbán número 12, en el distrito de Retiro, muy cerca del Parque del Buen Retiro y del Museo del Prado. El edificio que lo alberga fue erigido en 1878 como palacio de verano de la duquesa de Santoña, según proyecto del arquitecto José María Gómez, y presenta un estilo ecléctico con fachada de ladrillo, zócalo de sillería y molduras decorativas de piedra. El Estado adquirió el inmueble en 1941. Entre 1942 y 1944, el arquitecto Luis Moya Blanco dirigió una importante ampliación que añadió un sótano y dos plantas sobre las tres originales; una reforma posterior, realizada entre 1969 y 1972, incorporó una planta más. En la actualidad el museo distribuye unas 60 salas en cinco plantas.
El conjunto formado por el edificio y sus colecciones fue declarado Monumento Histórico-Artístico en 1962. El museo depende del Ministerio de Cultura, que lo gestiona de forma directa a través de la Dirección General de Bellas Artes y Patrimonio Cultural.
Sus colecciones están dedicadas a las artes decorativas, industriales y suntuarias, y reúnen mobiliario, cerámica (con cerca de 4.000 piezas), vidrio, textiles y tapices, joyería y platería, relojes, alfombras y un destacado conjunto de arte oriental de unas 3.200 piezas. El objetivo del museo es mostrar la evolución del objeto útil y ornamental a lo largo de los siglos, desde la Edad Media hasta la época contemporánea.
Entre sus piezas más célebres destaca la llamada cocina valenciana, una instalación de finales del siglo XVIII que fue adquirida por el museo en 1941 y montada en una sala construida expresamente para ella. Procedente de una casa de Valencia, está alicatada hasta el techo con azulejos de Manises: un total de 1.536 azulejos que representan escenas domésticas, personajes y motivos costumbristas. Esta cocina constituye una de las manifestaciones más importantes del azulejo valenciano de su época y se ha convertido en una de las señas de identidad del museo. El conjunto reproduce con gran fidelidad el ambiente de una cocina acomodada del siglo XVIII, con sus fogones, vajillas y utensilios dispuestos según el uso de la época.