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La esperanza en Afganistán


Tenía y tengo una muy buena amiga en Madrid, oriunda de Jerte (Cáceres), y estando en Zona de Operaciones le escribí una carta al principio de la misión donde le contaba esto:


« Hola Mari, […] esta mañana hemos ido al colegio de niñas que hay en Herat porque los talibanes van a tirar ácido sulfúrico a la cara de las niñas para desgraciarlas y que ningún chico las quiera. Esto lo vamos a hacer asiduamente porque, a parte de inadmisible, es repugnante. […] Por lo que he visto las niñas son muy valientes y muy dignas, esto me transmite muchas esperanzas y si algo tengo claro es que su coraje (mucho mayor que el del que porta un arma) va a ser la clave de la solución. Te cuento esto porque es uno de los motivos que a nivel personal da sentido a los sacrificios que estoy haciendo lejos de mi casa y de mis seres queridos».


«Tengo una ilusión, es una idea que en las largas horas de patrulla que realizamos ha venido a mi mente. La idea es la siguiente: que un día una mujer afgana se quite el burka y me sonría”, algo así de simple y tan sumamente complicado, que podría comportar castigos inhumanos (torturas e incluso la muerte). Aun así, creo en la liberación de la mujer afgana, muy lentamente las cosas están cambiando y el cambio es inexorable, los señores de la guerra no lo van a poder detener.»


En la última misiva a mi amiga Mari, tres meses más tarde, le contaba esto:


«Querida Mari: Tengo una gran noticia que contarte, me ha causado gran conmoción y una alegría que me es difícil expresar por escrito.


¿Recuerdas ese deseo utópico del que te hablaba? ¿Esa frustración que sentía al ver la mujer afgana sufriendo tantas injusticias? Pues esa curiosa ilusión que tuve hace unos meses se ha cumplido, estoy convencido que hay esperanza. Te cuento: “Estaba realizando una de mis últimas patrullas en Herat, las temperaturas en enero suelen ser de unos -20C°, por lo que llevaba la cara cubierta con gafas de protección y una máscara de neopreno. Como era habitual, mi posición era cubrir la retaguardia de la sección (íbamos en vehículos con ametralladoras apostadas en las escotillas) haciendo patrullas”.


La parte más emotiva de la historia es que pude escribir a mi amiga y contarle que una chica se había levantado el burka, me había sonreído y a modo de travesura adolescente me había sacado la lengua. Su marido conducía un Toyota Corola destartalado, con los cristales muy sucios, tenía el sol de cara y estaba completamente deslumbrado por el sol.


Yo fui cómplice de la ” travesura” de esa chica de unos 15/16 años (madre de tres niños que estaban en el asiento trasero). Yo, me sentí inmensamente feliz, pero me tuve que mantener impasible, cualquier gesto de aprobación hubiera hecho caer en desgracia a esa simpática chica.


Sentí una inmensa alegría, pero la complicidad me impidió mostrar mi rostro, quitarme la máscara de neopreno y corresponder su sonrisa, ese día comprendí en su totalidad lo que los militares llamamos “la íntima satisfacción del deber cumplido”.


En Afganistán había esperanza, pero solo la había si les ayudábamos, y mucho.

Desgraciadamente se retiraron las tropas de la OTAN y se perdió la esperanza.

Jaume, un soldado orgulloso de servir en el Ejército de su país.










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